GRACIA EN LA COMUNIDAD Y EN EL LIDERAZGO: 

Reflexión basada en la Reforma Protestante

Alexander Cabezas Mora

 

Los reformadores pusieron a flote el principio del sacerdote universal del creyente: Cristo es nuestro sumo sacerdote y esto nos otorga por la gracia de Dios, el derecho a ser sacerdotes ante Dios y ante el mundo. Muy contrario a la organización eclesiástica del siglo XVI que se creía la única facultada para impartir la gracia de Dios. 

Al enunciar este principio los reformadores apelaban a la horizontalidad, iniciando un rompiendo con el orden perpetuado por siglos y estableciendo un nuevo paradigma en cuanto a la igualdad y democracia universal cristiana: En Cristo ninguna envestidura clerical, casta predominante del imperio de la Iglesia, estaba por encima de otro sin importar su posición. En resumen, Cristo es nuestro único mediador y en él todos somos iguales, somos sacerdotes porque pertenecemos a Su cuerpo.  

Derrumbado esta barrera de separación entre el pueblo y el clero, los feligreses dejaban de ser agentes pasivos y subordinados para convertirse en «sacerdotes activos de la gracia de Dios». Este reconocimiento otorgaba a todo creyente el acceso las Escrituras y participar plenamente de la evangelización y el campo misionero.

Desde esta perspectiva el liderazgo está llamado a emanar amor hacia la obra del Señor y hacia las personas que ministra. Es un amor entrega que proviene de Dios y pese a que tenga capacidades y competencias particulares, es en última instancia la gracia sublime de Dios que le faculta para el ministerio y no su liderazgo o posición.

Pablo así lo entendió así fue para él fue su norte ministerial, por lo que él respondió con ahínco, esmero y entrega: 

Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia que él me concedió no fue infructuosa. Al contrario, he trabajado con más tesón que todos ellos, aunque no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo (1 Corintios 15:10 N.V.I.).

Soy consciente, el cuadro anterior podría sonar al prospecto de un líder ideal, sobre todo cuando somos testigos desde que existe la humanidad y existen líderes hay en ocasiones un desfase entre ¡el mundo de las palabras y el ministerio puesto en práctica! 

Para muestra un botón. Escuchaba a un consultor y asesor decir: «los grandes gurúes están revisando los conceptos de liderazgo y cada vez más líderes no cristianos están migrando hacia un estilo de liderazgo de servicio. ¡Mientras líderes cristianos están optando por un estilo de enseñoramiento como había advertido Jesús! »  De ser así esta declaración, rompe todo enlace con el principio del sacerdocio universal de los fieles.  

Empero, ningún líder autoritario suele reconocerse como tal.  Su impresión es que está haciendo bien las cosas y sirve con la guía del Señor (algo que no se puede cuestionar). Para ellos los demás son el problema, los insujetos y los rebeldes (algo que sí se puede cuestionar).  

Otros suelen enmascararse bajo términos píos como «cobertura espiritual», «sumisión» o «autoridad espiritual».  Y estas envestiduras se asoma con mucha regularidad más de lo que nos gustaría en los ¡pulpitos de nuestras iglesias! 

Comparto la nota esperanzadora de Deiros, él divisa en nuestra región un panorama cambiante. Según dice, en los últimos años nuevos modelos de liderazgo con un estilo más participativo y bíblico, se ha hecho presente en la Iglesia causando una descentralización positiva y permitiendo que las funciones del liderazgo descansen no en una figura, sino en un equipo de creyentes, maduros y llenos del Espíritu Santo (104-105).  

Sin embargo, hay ¡mucho trillo por andar! Sobre todo, en aquellas naciones donde el número de iglesias cristianas y evangélicas son una cifra nada despreciable. Mientras un sector de la iglesia busca desprenderse de todo protagonismo, otros caminan por distingo rumbo. No se le puede objetar al doctor Shogren (2017) su opinión cuando dice: 

Si yo tuviera que identificar cuál es el área más obvia donde la iglesia ignora la doctrina del sacerdocio universal, sería en el ascenso del líder súper-ungido, sea un apóstol, patriarca, o sencillamente pastor. Los hemos visto en iglesias pequeñas, promedio y grandes. No tiene que ser una mega-iglesia, así que puede suceder en un grupo de 50, cuando hay 1-2 personas sobre la plataforma y los demás son los espectadores, mirando mientras los sacerdotes evangélicos hacen su trabajo. 

Bien decía Lutero: «La Gracia se da para curar al espíritu enfermo no para adornar a héroes espirituales».   El pastor-centrismo o líder-centrista, ha causado mucho daño en estos tiempos al cuerpo del Señor. Algunos líderes se les reconoce por ser grandes movilizadores de masas y con sus elocuentes discursos, pero carentes de solidez bíblica y teológica.  Aun así, son los que más están llenando iglesias gracias por su capacidad de captar, entusiasmar y hacer crecer comunidades… y a riesgo de no sonar incisivo, pregunto: ¿estamos formando personas consumidoras de productos o verdaderos discípulos de Cristo? 

Admiro los esfuerzos de las iglesias históricas entre otras, con persistencia, empeño y dedicación años tras año festejan y rememoran el acontecimiento pilar del siglo XVI, como lo fue el 31 de octubre de 1517, fecha que históricamente detonó la Reforma Protestante.  Pero con nostalgia reconozco, cada vez más los esfuerzos conmemorativos en otras iglesias y denominaciones son tibios, escasos y hasta nulos. ¡Ese día pasa sin pena ni gloría! 

Cada vez que visito o me invitan a compartir sobre el tema de la Reforma, noto que quienes están a cargo de preparar la liturgia o el evento conmemorativo, son las personas adultas. Mientras las generaciones de relevo actual, como los son los jóvenes, muestran un desprendimiento o distanciamiento por participar o comprender las razones de esta celebración y sus implicaciones. 

¡Lo que está en juego es el contenido! La Iglesia necesita la historia porque ella es el antecedente de nuestra identidad. «Sin claridad ni criterios, y se cae fácilmente en el caos. Esa es la condición de gran parte del protestantismo latinoamericano hoy» (Stam, 2011).

Pero es una historia que aún continúa tejiéndose en nuestros días y todos somos invitados a participar en ella: qué el Señor nos tomé siendo seres indignos y nos haga dignos y adicional a ello, nos ofrezca ser parte de Su familia, es tema de celebración, no una vez al año, sino cada vez que nos reunamos como ¡Su cuerpo, Su Pueblo, Su Iglesia!

Admiro a aquellas iglesias sin importar si son grandes o pequeñas, están realizando una labor de impacto transformador. Son iglesias que han surgido de la nada porque nada había cuando ellos empezaron. Corrijo, sí había algo: ¡desolación, violencia, pobreza y antigracia!  Pero casi sin ningún apoyo y ningún protagonismo sus líderes, hombres y mujeres anclados en la gracia de Dios, lograron levantar más que una estructura de cuatro pares, sino una verdadera comunidad de fe, amor y gracia.

Como ejemplo puedo mencionar al señor Gilbert, un amigo y un verdadero líder incansable. Tomó un local donde antes existía un centro de restauración de personas con adicciones que cerró.  Este hombre, pese a su escaza preparación académica, levantó de los escombros una iglesia. Comenzó primero atendiendo a los niños y niñas brindándoles un comedor infantil, gracias al apoyo que recibía de la comunidad como la carnicería y la verdulería. El siguiente paso fue empoderar a las mujeres jefas de hogar ofreciéndoles capacitación. Luego la iglesia enseñó hidroponía y aquel barrio marginal ¡no volvió a ser el mismo!

Doña Mercedes es una señora que, atendiendo el llamado del Señor, solicitó las llaves de una iglesia abandonada en un barrio extremadamente peligroso, a tal riesgo que ni la policía entraba a esa zona. Esta señora logró abrir un centro de capacitación para mujeres y niños. Al poco tiempo una iglesia estaba funcionando donde otros pastores varones había claudicado.

Alberto es otro amigo.  Pese a ser pastor de una iglesia algo grande, se encontró que su teología estaba divorciada de la misión integral. Fue confrontado por Dios cuando conoció donde vivía una de sus miembros, una anciana que tenía por casa ¡una sombrilla y un sofá!  Hoy la iglesia no solo tiene un albergue de ancianos sino otros proyectos para la atención de las personas más necesitadas.

Y podría seguir contando ejemplos. ¿Sabrán estos líderes y otros que hubo una reforma? ¡Quizás sí y tal vez no! Pero la gracia en abundancia continúa operando y moldeando a la Iglesia del Señor. Podemos asegurar, la obra iniciada por los reformadores continúa desplegándose en la actualidad por Nuevos Reformadores como los son los mencionados y otros. 

Quizás por ello, hablar de gracia en abundancia es eso y más: es gracia que adquiere diferentes multi-expresiones, contrastes, tonos y matices, —¡así como lo son nuestras tierras latinas! — Nos provoca a reconocer que, justo allí, donde creemos que no se le encuentra, ¡es donde más se manifiesta!

«…pero donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia (Romanos 5:20b LBLA).

Share This